
Mi frágil salud ha decidido no darme tregua en esta Semana Santa que prometía ser una grata recompensa a varios meses de duro trabajo. Pero mis anginas, conocedoras de que son mi punto débil, han querido recordarme muy amablemente que existen mientras el cirujano decide ponerle fecha a mi inminente amigdalectomía.
En mis escasos momentos de lucidez, entre subidas y bajadas de fiebre, me puesto al día con los capítulos de Sexo en Nueva York, los cuales he decidido deborar de cabo a rabo antes del GRAN ESTRENO de la película. Precisamente, el otro día lo hablaba con Anna: ¿será posible que en Manhattan se cobre tanto escribiendo una mísera columna sobre sexo? Será cuestión de reordenar prioridades en mi vida y dar el salto a la Gran Manzana...
Hay que reconocer que todas hemos soñado alguna vez con despertar y tener el armario de Carrie Bradshaw, llenito hasta rebosar de vestidos de Chanel, Gucci y D&G peleando por acompañar a unos esplendorosos Manolos que aún no alcanzo a entender cómo puede costearse esta chica.

Sexo en Nueva York, mítica serie donde las haya para los amantes de la Moda, es una pura creación de Patricia Field, cuyos estilismos, a veces un tanto desvirtuados, han hecho del Carrie's Closet un sueño hecho realidad. Pero, yo me pregunto, ¿es que nadie ha reparado en los horribles calzones con los que duerme Carrie y que dejan al aire esas patitas de polluelo a lo Ana Obregón?
A pesar de todo, me declaro una fan tardía de la serie que cuenta los días para ver en la gran pantalla estas cuatro mujeres, guapas, ricas, con carreras de éxito y con la vida sexual más activa de la historia de la televisión.


