
Después de tanto tiempo, heme aquí, incapaz siquiera de iniciar mi sesión blogger porque tantos cambios en la interfaz me han dejado descolocada. Ante todo, agradecer las muestras de cariño de todos los que habéis sentido como propio mi dolor por la reciente pérdida de mi tía. Realmente, el mundo blogger no deja de sorprenderme. ¡Grazie a tutti!
Después de un mes de baja por una pequeña intervención quirúrgica, puedo decir que he agrandado mi inventario cinematográfico hasta límites insospechados. Sin ánimo de seleccionar, cual cinéfila empedernida, confieso haberlo visto todo. Lo último, Street Dance, muy fuerte, ya que soy de las pocas personas en reconocer sin ningún tipo de decoro que me tragaba a diario los resúmenes de Fama ¡a bailar! y que mientras tanto soñaba con apuntarme a clases de Funky e ir vestida con pantalones anchos y gorras ladeadas.
Y es que en un mundo como el street dance la moda tiene una importancia vital, volviendo a los orígenes sociales más puros de ésta, cuando la identidad se construía casi en exclusiva por la ropa que vestías y la música que escuchabas, sin impostores y falsos aspirantes que intentan aparentar algo que no son.
A mí, que me encanta la ropa street, jamás se me ocurriría vestir como una rapera porque eso no es lo que soy. Se trata de ser consecuente con lo que eres ¿no? Al fin y al cabo tu moda es tu tarjeta de visita. Esto no quiere decir que no me gustaría que los temidos pantalones de tiro largo hasta las rodillas me sentaran tan bien como a la protagonista de Street Dance, una película que, lejos de hacer historia en el mundo del cine, me ha entretenido y me ha permitido soñar con la moda callejera de verdad.
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